A veces pienso que sería de mí sin esas respuestas que de pronto te salen, esas que atraerían a tu Brad Pitt de turno y a la vez lo echarían a aprender cómo hablarte...
Me gusta verte de lejos, observar cómo funcionas, cómo haces que todo gire a tu alrededor, y preguntarme qué es lo que maneja esa pequeña cabeza loca que tanto adoro...
Y la verdad, ser espectador de ese espectáculo es algo que siempre te agradeceré, porque eres la loca que siempre quise tener cerca.
Y creo que eso es lo que hace que te quiera, esa manera tan tuya de funcionar, esas salidas perfectas, esos momentos nuestros.
Y no sé cómo decirte, de veras, que con un chándal y un día chungo sigues teniendo ese no sé qué... Y que da igual el día, sé que lo vas a atacar con la fuerza que necesita porque sabes que, si resbalas, mi mano siempre estará ahí para que la agarres.
Sabes que eres mi mente, mi otra mitad, mi vida y lo único dulce que me gusta.
Grita, rompe, lucha y destroza lo que necesites, seré el que sentado en el capó aplauda lo que hagas porque necesitas expresarte.
Escribe, baila, canta, dibuja lo que necesites, seré el que sentado en el capó aplauda lo que hagas porque necesitas expresarte.
Porque sólo tú eres la persona en la que he conseguido ver quién quiero ser.
viernes, 2 de junio de 2017
miércoles, 17 de mayo de 2017
Asi se le llama
Asomarte al alma de alguien,
Adivinar lo que piensa en una mirada,
Conocer cada segundo de sus anhelos,
Y soltar su mano cuando quiere volar,
Dejar que no sean tus brazos quiénes lleven,
Pero sí acompañen sus movimientos.
A eso se le puede llamar amor.
Que un "siempre" tenga su significado real,
Que sea por y para,
Que no te entre miedo porque vea tus miedos
Que las palabras sobren y sea el tacto quién mande,
Respirar acompasados, saberte su sabor,
Ser una mente en distintos cuerpos.
A eso se le puede llamar amor.
Darle la fuerza necesaria para afrontarlo todo,
Y momentos de risas, fiesta y paz,
Saber que estaréis el uno con el otro contra viento y marea,
A eso se le puede llamar amor...
Lo otro, os lo dejo a los demás...
Adivinar lo que piensa en una mirada,
Conocer cada segundo de sus anhelos,
Y soltar su mano cuando quiere volar,
Dejar que no sean tus brazos quiénes lleven,
Pero sí acompañen sus movimientos.
A eso se le puede llamar amor.
Que un "siempre" tenga su significado real,
Que sea por y para,
Que no te entre miedo porque vea tus miedos
Que las palabras sobren y sea el tacto quién mande,
Respirar acompasados, saberte su sabor,
Ser una mente en distintos cuerpos.
A eso se le puede llamar amor.
Darle la fuerza necesaria para afrontarlo todo,
Y momentos de risas, fiesta y paz,
Saber que estaréis el uno con el otro contra viento y marea,
A eso se le puede llamar amor...
Lo otro, os lo dejo a los demás...
lunes, 8 de mayo de 2017
Arturo Pérez-Reverte y nosotros.
Aluciné. Estaba en el descanso de un rodaje cuando vi que era Trending Topic. Pensé por qué habría podido ser. ¿Quizá alguien se había inventado mi muerte? Repasé mentalmente si había tenido algún descuido con la ropa, que ya sabemos cómo es la prensa amarilla, y más la americana.
Cuál fue mi sorpresa al descubrir que era por un artículo de un escritor español, que se inventó una historia en la que yo quedaba como la mala porque no me hice una foto con uno de sus amigos.
Y la cosa es que lo recuerdo, estaban los seis en una mesa, a poca distancia de dónde mi marido y yo estábamos sentados.
Conozco a ese escritor, lo he visto tras enterarme que escribió un culebrón mejicano llamado La Reina del Sur, y la verdad, pierde mucho, como el mismo dice, en carne mortal.
Unos veinte minutos después de escucharlos susurrar mientras miraban para nosotros, uno de ellos, el más joven, se acercó, diciendo que era un escritor importante y que quería que me sacase una foto con él.
Normalmente no tengo problemas en sacarme una foto con nadie, pero si te tiras media cena mirándome y babeando sin ningún tipo de pudor hacia mi, entiende que a lo mejor me eche para atrás. El chico se volvió a la mesa entre las risas de sus amigos, mientras yo intentaba que mi marido se relajase, disfrutase de la cena y no montase una escena en aquel restaurante madrileño (al que por supuesto, no pienso volver, que hasta el maitre se acercaba a ellos y cuchicheaba) porque me imaginaba los titulares del día siguiente: "Christina Hendricks y su marido la lían en España".
Cuando nos fuimos, me fotografié con la gente que estaba allí, sonriendo, porque además de disfrutar con los fans, en el fondo me alegraba por haberle dado en los morros a ese viejo y sus amigos machotes.
Cuál fue mi sorpresa al descubrir que era por un artículo de un escritor español, que se inventó una historia en la que yo quedaba como la mala porque no me hice una foto con uno de sus amigos.
Y la cosa es que lo recuerdo, estaban los seis en una mesa, a poca distancia de dónde mi marido y yo estábamos sentados.
Conozco a ese escritor, lo he visto tras enterarme que escribió un culebrón mejicano llamado La Reina del Sur, y la verdad, pierde mucho, como el mismo dice, en carne mortal.
Unos veinte minutos después de escucharlos susurrar mientras miraban para nosotros, uno de ellos, el más joven, se acercó, diciendo que era un escritor importante y que quería que me sacase una foto con él.
Normalmente no tengo problemas en sacarme una foto con nadie, pero si te tiras media cena mirándome y babeando sin ningún tipo de pudor hacia mi, entiende que a lo mejor me eche para atrás. El chico se volvió a la mesa entre las risas de sus amigos, mientras yo intentaba que mi marido se relajase, disfrutase de la cena y no montase una escena en aquel restaurante madrileño (al que por supuesto, no pienso volver, que hasta el maitre se acercaba a ellos y cuchicheaba) porque me imaginaba los titulares del día siguiente: "Christina Hendricks y su marido la lían en España".
Cuando nos fuimos, me fotografié con la gente que estaba allí, sonriendo, porque además de disfrutar con los fans, en el fondo me alegraba por haberle dado en los morros a ese viejo y sus amigos machotes.
jueves, 4 de mayo de 2017
Start Again
Se levantó y algo había cambiado dentro de su cabeza.
Fuera, aquel cuatro de mayo, era demasiado frío, demasiado lluvioso, demasiado negro.
Encendió la luz de la mesilla de noche, y el espejo situado en la pared le devolvió su imagen: pelo enmarañado, marcas de la almohada y un fuego que nunca había visto en sus ojos.
Normalmente era una persona tranquila, paciente, comprensiva. Pero aquella noche, aquel sueño, quizá aguantar todo lo que llevaba sobre los hombros, había cambiado por completo su forma de sentir, de ser, de pensar.
Su sueño, y no por falta de lucha por su parte, se había desvanecido, como la niebla tras pasar por un lago en invierno, y eso había hecho que su paciencia dijese "basta, aquí he llegado y de aquí no me muevo".
Se metió en el baño, abrió el grifo del agua fría y dejó que ese primer chorro helado desentumeciese sus músculos, todavía dormidos.
Un plan empezaba a gestarse en su mente. Un plan, que como todos los planes buenos, surgía a poquitos, casi sin quererlo, como si siempre hubiese estado allí y ahora, de pronto, se empezase a vislumbrar con toda la claridad del mundo.
Mezcló el agua y un nuevo chorro caliente relajó sus músculos. Se frotó la cara mientras miraba caer el agua, se desenjabonó el pelo y salió.
Todo estaba decidido, iba a ser hoy.
Vaqueros, camiseta, tenis, llaves, cartera, tabaco, mechero, móvil. Todo estaba en su sitio. La rutina diaria que ahora cambiaría.
Ya no quería volver a ocultar su verdad, no quería volver a ser el escudo de nadie, no quería volver a ser esa persona que siempre estaba para todo el mundo sin esperar nada a cambio, ese monstruo que le estaba comiendo por dentro y al que quería expulsar y ver cómo sería su vida sin todo aquello, sin relacionarse con gente que le absorbiese energía, recursos, su VIDA.
"Me van a mirar a los ojos y no van a ver a quién conocían, van a conocer a quién quiero llegar a ser, el que quiera acercarse tendrá que soportar este fuego, esta explosión de mi ser, esta luz en mi oscuridad."
Salió de casa, se subió al coche y la música resonó, atronando. El destino era claro y condujo sin prisas, disfrutando de cada nota, disfrutando de cada curva, disfrutando de cada imagen que el camino le brindaba.
Se había acabado esa pantomima, esa obra de teatro bufo que era su vida, en la que los que más le sonreían eran los primeros en traicionar su confianza.
Era hora de ajustar cuentas.
Hora de dejar de actuar como todos le decían.
Hora de controlar su propio destino.
Hora de dejar ir a esa persona que no reconocía en la imagen del espejo de su habitación.
Sus ojos brillaban todavía, con un fulgor fuerte, con determinación.
Respiró hondo, metió la llave en la puerta en la que todos sus problemas esperaban y, por primera vez en el día, sonrió.
Comenzaba el reinicio.
Fuera, aquel cuatro de mayo, era demasiado frío, demasiado lluvioso, demasiado negro.
Encendió la luz de la mesilla de noche, y el espejo situado en la pared le devolvió su imagen: pelo enmarañado, marcas de la almohada y un fuego que nunca había visto en sus ojos.
Normalmente era una persona tranquila, paciente, comprensiva. Pero aquella noche, aquel sueño, quizá aguantar todo lo que llevaba sobre los hombros, había cambiado por completo su forma de sentir, de ser, de pensar.
Su sueño, y no por falta de lucha por su parte, se había desvanecido, como la niebla tras pasar por un lago en invierno, y eso había hecho que su paciencia dijese "basta, aquí he llegado y de aquí no me muevo".
Se metió en el baño, abrió el grifo del agua fría y dejó que ese primer chorro helado desentumeciese sus músculos, todavía dormidos.
Un plan empezaba a gestarse en su mente. Un plan, que como todos los planes buenos, surgía a poquitos, casi sin quererlo, como si siempre hubiese estado allí y ahora, de pronto, se empezase a vislumbrar con toda la claridad del mundo.
Mezcló el agua y un nuevo chorro caliente relajó sus músculos. Se frotó la cara mientras miraba caer el agua, se desenjabonó el pelo y salió.
Todo estaba decidido, iba a ser hoy.
Vaqueros, camiseta, tenis, llaves, cartera, tabaco, mechero, móvil. Todo estaba en su sitio. La rutina diaria que ahora cambiaría.
Ya no quería volver a ocultar su verdad, no quería volver a ser el escudo de nadie, no quería volver a ser esa persona que siempre estaba para todo el mundo sin esperar nada a cambio, ese monstruo que le estaba comiendo por dentro y al que quería expulsar y ver cómo sería su vida sin todo aquello, sin relacionarse con gente que le absorbiese energía, recursos, su VIDA.
"Me van a mirar a los ojos y no van a ver a quién conocían, van a conocer a quién quiero llegar a ser, el que quiera acercarse tendrá que soportar este fuego, esta explosión de mi ser, esta luz en mi oscuridad."
Salió de casa, se subió al coche y la música resonó, atronando. El destino era claro y condujo sin prisas, disfrutando de cada nota, disfrutando de cada curva, disfrutando de cada imagen que el camino le brindaba.
Se había acabado esa pantomima, esa obra de teatro bufo que era su vida, en la que los que más le sonreían eran los primeros en traicionar su confianza.
Era hora de ajustar cuentas.
Hora de dejar de actuar como todos le decían.
Hora de controlar su propio destino.
Hora de dejar ir a esa persona que no reconocía en la imagen del espejo de su habitación.
Sus ojos brillaban todavía, con un fulgor fuerte, con determinación.
Respiró hondo, metió la llave en la puerta en la que todos sus problemas esperaban y, por primera vez en el día, sonrió.
Comenzaba el reinicio.
martes, 24 de enero de 2017
¿Sabe Por Qué Le He Parado?
- Estaba apoyado en el capó del coche, abrigado como un esquimal mientras me fumaba un cigarro a pie de playa.
Es una manera de relajarme cuando los problemas me agobian: Pillar, irme a un sitio en el que sepa positivamente que no hay nadie y allí poner la música muy alta y fumar tranquilamente. En serio, es muy recomendable. Ves el sol, que siempre apacigua los ánimos, notas el frío procedente del mar, que espabila las buenas ideas y disfrutas del sonido envolvente de las canciones que suenan por los altavoces.
Pero el problema no se iba. Seguía allí. Clavado.
"Unos alicates", recuerdo que pensé, "unos alicates me vendrían ahora mismo de perlas". Sonreí fantaseando con la imagen de la dueña de mis desvelos siendo sacada de mi cabeza por un carpintero con un buzo azul diciendo: "No sé quién le habrá puesto eso ahí, pero menuda chapuza, amigo" mientras escupe al suelo.
La rabia empezó a subirme a toda velocidad a la cabeza e imaginé (como véis, soy muy dado a montar peliculas) a un par de personas a las que no les acabo de tener mucha devoción ni cariño, retorciéndose y rogando perdón, y, cuando quise darme cuenta, el pitillo estaba ya en el suelo y yo estaba acelerando saliendo del párking de la playa.
"Tranquilo", me dije, "sólo concéntrate en la carretera", intentaba decirme en voz alta, mientras mi mente unía los puntos necesarios para llevar a cabo mi plan: Cajero. Campamento. Pistola. Cajero. Campamento. Pistola. Cajero. Campamento. Pistola.
Aceleré y tomé dos curvas seguidas como si de un tramo de rally se tratase. No tenía miedo, ni siquiera cuando pasé rozando a otro coche, al que dejé pitándome atrás en apenas unos segundos.
"Moriría por ti". Eso se lo había dicho al poco de conocerla. Y sí, sé que suena a frase hecha de aquí a la Conchinchina, pero en mi caso era real. Era la número uno en mi lista de gente por la que me tiraría delante de un camión o haría el Casillas ante una bala. Ella, y quizá un par de personas más.
Pero esta vez no sería el que se pone delante de la bala, si no el que está detrás, apuntando.
Me bajé del coche, y tras un par de llamadas tenía la pistola en la mano. "Nada de nombres, nunca ha pasado esto, lo que pasa en el campamento, se queda en el campamento".
Pagué y me fui acelerando de nuevo.
"Sólo concéntrate en la carretera", volví a repetirme.
Le iba a meter una bala en la cabeza a una persona.
Sabía que esa persona se iba a morir al momento.
Sabía que se iba a morir sin saber por qué, aunque se lo oliese.
Sabía que yo iba a pasar unos quince años muy fresquitos en una celda de dos por dos.
Y me daba igual.
Pero, ¿y ella? Ella se iba a quedar completamente sola.
"Bah, es dura", pensé, "Saldrá adelante sin mi, sin este y sin nadie, puede con todo"
"Sí", me contesté, sintiéndome Gollum por un momento, "Pero no es lo mismo ver cómo dos personas que han formado parte de tu vida en diversos momentos, PUM, de golpe y porrazo, desaparecen"
No pude hacer otra cosa que darme la razón (que además es una de las cosas que más me gusta).
Pero ya tenía la pistola. Tenía la adrenalina a máximo nivel y estaba llegando a la puerta de la fábrica en la que aquel bastardo trabajaba. De hecho lo estaba viendo, apoyado en la pared, riéndose con sus compañeros de algo que estaban contando.
"Frena", volví a oír mi voz, que sonó autoritaria, "es muy fácil tomar la decisión de quitar a este rastrojo de en medio, ¿te has planteado que tu novia a lo mejor lo que necesita es que la apoyes en esto? No que le soluciones el problema, y menos de esta manera, si no que te comas la mierda orgullo ese que tienes y estés al pie del cañón?"
"¡¡EHH!! Un poquito de relax con la manera de decir las cosas"
"No, tío, no, piensa en ella, tú mismo dijiste antes que es dura, pero la conoces, sabes que no aguantaría ese palo, ¿su novio en la cárcel y el hijo de puta de su ex muerto? Venga, es carne de psiquiátrico, o de hacer puenting sin red, y si yo lo sé, tú también, que para algo somos la misma persona".
Tenía razón.
A veces tomar la solución fácil de acabar con la rabia matando al perro no es la mejor.
-¿Y esa es la explicación que usted me da para tener un arma en el asiento del copiloto?- dijo el guardia civil, sorprendido por lo que acababa de escuchar.
Es una manera de relajarme cuando los problemas me agobian: Pillar, irme a un sitio en el que sepa positivamente que no hay nadie y allí poner la música muy alta y fumar tranquilamente. En serio, es muy recomendable. Ves el sol, que siempre apacigua los ánimos, notas el frío procedente del mar, que espabila las buenas ideas y disfrutas del sonido envolvente de las canciones que suenan por los altavoces.
Pero el problema no se iba. Seguía allí. Clavado.
"Unos alicates", recuerdo que pensé, "unos alicates me vendrían ahora mismo de perlas". Sonreí fantaseando con la imagen de la dueña de mis desvelos siendo sacada de mi cabeza por un carpintero con un buzo azul diciendo: "No sé quién le habrá puesto eso ahí, pero menuda chapuza, amigo" mientras escupe al suelo.
La rabia empezó a subirme a toda velocidad a la cabeza e imaginé (como véis, soy muy dado a montar peliculas) a un par de personas a las que no les acabo de tener mucha devoción ni cariño, retorciéndose y rogando perdón, y, cuando quise darme cuenta, el pitillo estaba ya en el suelo y yo estaba acelerando saliendo del párking de la playa.
"Tranquilo", me dije, "sólo concéntrate en la carretera", intentaba decirme en voz alta, mientras mi mente unía los puntos necesarios para llevar a cabo mi plan: Cajero. Campamento. Pistola. Cajero. Campamento. Pistola. Cajero. Campamento. Pistola.
Aceleré y tomé dos curvas seguidas como si de un tramo de rally se tratase. No tenía miedo, ni siquiera cuando pasé rozando a otro coche, al que dejé pitándome atrás en apenas unos segundos.
"Moriría por ti". Eso se lo había dicho al poco de conocerla. Y sí, sé que suena a frase hecha de aquí a la Conchinchina, pero en mi caso era real. Era la número uno en mi lista de gente por la que me tiraría delante de un camión o haría el Casillas ante una bala. Ella, y quizá un par de personas más.
Pero esta vez no sería el que se pone delante de la bala, si no el que está detrás, apuntando.
Me bajé del coche, y tras un par de llamadas tenía la pistola en la mano. "Nada de nombres, nunca ha pasado esto, lo que pasa en el campamento, se queda en el campamento".
Pagué y me fui acelerando de nuevo.
"Sólo concéntrate en la carretera", volví a repetirme.
Le iba a meter una bala en la cabeza a una persona.
Sabía que esa persona se iba a morir al momento.
Sabía que se iba a morir sin saber por qué, aunque se lo oliese.
Sabía que yo iba a pasar unos quince años muy fresquitos en una celda de dos por dos.
Y me daba igual.
Pero, ¿y ella? Ella se iba a quedar completamente sola.
"Bah, es dura", pensé, "Saldrá adelante sin mi, sin este y sin nadie, puede con todo"
"Sí", me contesté, sintiéndome Gollum por un momento, "Pero no es lo mismo ver cómo dos personas que han formado parte de tu vida en diversos momentos, PUM, de golpe y porrazo, desaparecen"
No pude hacer otra cosa que darme la razón (que además es una de las cosas que más me gusta).
Pero ya tenía la pistola. Tenía la adrenalina a máximo nivel y estaba llegando a la puerta de la fábrica en la que aquel bastardo trabajaba. De hecho lo estaba viendo, apoyado en la pared, riéndose con sus compañeros de algo que estaban contando.
"Frena", volví a oír mi voz, que sonó autoritaria, "es muy fácil tomar la decisión de quitar a este rastrojo de en medio, ¿te has planteado que tu novia a lo mejor lo que necesita es que la apoyes en esto? No que le soluciones el problema, y menos de esta manera, si no que te comas la mierda orgullo ese que tienes y estés al pie del cañón?"
"¡¡EHH!! Un poquito de relax con la manera de decir las cosas"
"No, tío, no, piensa en ella, tú mismo dijiste antes que es dura, pero la conoces, sabes que no aguantaría ese palo, ¿su novio en la cárcel y el hijo de puta de su ex muerto? Venga, es carne de psiquiátrico, o de hacer puenting sin red, y si yo lo sé, tú también, que para algo somos la misma persona".
Tenía razón.
A veces tomar la solución fácil de acabar con la rabia matando al perro no es la mejor.
-¿Y esa es la explicación que usted me da para tener un arma en el asiento del copiloto?- dijo el guardia civil, sorprendido por lo que acababa de escuchar.
viernes, 30 de diciembre de 2016
Como cuando...
Al pasar por la carretera de vuelta a casa, siempre se me gira el cuello hacia la zona aquella en la que vivías.
(Sí, lo sé, es algo peligroso. La mirada siempre fija en la carretera y las manos agarradas al volante. Nada de distracciones.)
Siempre, es una manía, miro hacia aquel edificio.
Y me pregunto si seguirás allí.
¿Cuántos años han pasado: ocho, nueve, puede que más, verdad? Porque hace unos siete que yo me fui.
Me tuve que ir, esta ciudad agobiaba, siempre decías que era muy pequeña para cualquiera de los dos. El límite era el cielo, ¿recuerdas?
Y ahora al volver, ver tu calle, tu casa, te echo de menos.
Como cuando vives fuera y añoras el mar.
Como cuando creces y añoras la ilusión de la Navidad.
Como cuando nos queríamos y nos despedimos.
Un par de veces estuve en un tris de no contarla,
¿Sabes? Me he lanzado sin red a todo lo que creía que podía ser bueno, o por lo que tenía curiosidad. Recuerdo que siempre me decían, desde pequeñito, que no fuese tan rápido, que no quisiese llegar antes que los demás, que no fuese el primero en probar la profundidad del río.
Y ahora me vuelvo a ver aquí. Hasta juraría que te he visto en la ventana, fumando, con los brazos apoyados en el quicio, sonriéndome y a punto de preguntarme "qué horas son estas de llegar" a buscarte.
Pero no, no estás.
Quizás sean las horas de viaje o el ver de nuevo esas ventanas lo que hace que vuelvas a mi mente.
Y aparco. Y aprieto fuerte la mano contra el volante. Y me pregunto por qué ostias he vuelto. Pero sé la respuesta. Como siempre, he vuelto por ti. Ni todos estos años han conseguido que te evapores de mi recuerdo.
Y lo mejor es que ni tú estás. Ni yo llegué a irme del todo de aquí.
(Sí, lo sé, es algo peligroso. La mirada siempre fija en la carretera y las manos agarradas al volante. Nada de distracciones.)
Siempre, es una manía, miro hacia aquel edificio.
Y me pregunto si seguirás allí.
¿Cuántos años han pasado: ocho, nueve, puede que más, verdad? Porque hace unos siete que yo me fui.
Me tuve que ir, esta ciudad agobiaba, siempre decías que era muy pequeña para cualquiera de los dos. El límite era el cielo, ¿recuerdas?
Y ahora al volver, ver tu calle, tu casa, te echo de menos.
Como cuando vives fuera y añoras el mar.
Como cuando creces y añoras la ilusión de la Navidad.
Como cuando nos queríamos y nos despedimos.
Un par de veces estuve en un tris de no contarla,
¿Sabes? Me he lanzado sin red a todo lo que creía que podía ser bueno, o por lo que tenía curiosidad. Recuerdo que siempre me decían, desde pequeñito, que no fuese tan rápido, que no quisiese llegar antes que los demás, que no fuese el primero en probar la profundidad del río.
Y ahora me vuelvo a ver aquí. Hasta juraría que te he visto en la ventana, fumando, con los brazos apoyados en el quicio, sonriéndome y a punto de preguntarme "qué horas son estas de llegar" a buscarte.
Pero no, no estás.
Quizás sean las horas de viaje o el ver de nuevo esas ventanas lo que hace que vuelvas a mi mente.
Y aparco. Y aprieto fuerte la mano contra el volante. Y me pregunto por qué ostias he vuelto. Pero sé la respuesta. Como siempre, he vuelto por ti. Ni todos estos años han conseguido que te evapores de mi recuerdo.
Y lo mejor es que ni tú estás. Ni yo llegué a irme del todo de aquí.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
¿Otra vez, Doctora?
Llegó y se encontró a aquel chico, solo, sentado en una mesa, colocando cartas en un completo azar en un tapete mohoso y roído y se acercó a él.
- Soy la doctora López. Eres Karlos, ¿verdad?
Él levantó la vista y sonrió casi imperceptiblemente con la parte izquierda de su labio mientras asentía, tirando otra carta encima de aquel montón.
- Estoy aquí para ayudarte, ¿te tratan bien, estás contento con tus compañeros?
- Sí, doctora, aquí todos hemos cojeado alguna vez. Sólo hay que fijarse en cuál es el pie problemático de cada uno.- seguía sin levantar la cabeza del mazo, mientras una tras otra las cartas seguían cayendo.- Pero eso usted lo sabe bien, ¿verdad?
Tragó saliva, intentando aparentar una tranquilidad que en ese momento se iba escapando a demasiada velocidad, mientras se colocaba el pelo detrás de la oreja y leía el informe de su nuevo paciente:
"Karlos Goday, 34 años, ingresado tras un brote psicótico. Había intentado quemar un edificio entero una mañana sin que, tras investigaciones sobre su pasado, mediase ninguna acción en su contra".
Lo miró. Era bajito, no llegaba al 1´65. Debilucho. Delgado. Pero algo la hizo desconfiar. Quizá sería esa mirada, o la forma de sonreír. Algo estaba claro que iba mal en el cerebro de aquel chico que tenía delante.
- Sólo llevas una semana aquí, y por orden judicial. ¿Crees que es dónde deberías estar?
- Claro que es dónde debo estar. Intenté quemar un edificio con toda la gente dentro- dijo en tono jovial, mientras recogía las cartas y las barajaba.- Me pregunto por qué le extraña tanto...- clavó sus ojos en ella.
- No tenías antecedentes penales anteriores, ni arrebatos de ira, ni medicación que pudiese provocar esos brotes. Los informes dicen que jamás ni con tu familia ni con tu grupo de amigos habías estallado de manera violenta. Me han asignado tu caso y llevo unos días estudiándolo a fondo. Quiero comprender por qué lo has hecho. Aquí nunca has dado un problema. Tomas tu medicación, haces la tareas que te encomiendan, incluso tienes una buena relación con otros pacientes de este ala. No alcanzo a entender qué fue lo que te pasó por la cabeza para hacerlo.
- Es simple, doctora López. ¿Ve a Santiago, el que está sentado viendo la tele? Triple asesinato. Su mujer y sus dos hijos. ¿Alberto, el que está ayudando al celador a recoger el armario que se rompió esta mañana? Mató a su jefe y hasta ese momento era el empleado modelo. Y su mujer y la niña fuera.
Todos somos personas normales hasta que tenemos la oportunidad, doctora...- empezó de nuevo a colocar las cartas en el tapete- Hasta usted. Sólo hay que encontrar su aguja de marear.
- No, Karlos. Yo estudié la carrera y estoy aquí intentando ayudaros a todos vosotros.
- ¿Está segura?- sus ojos se volvieron a clavar fijos en ella- Mire a Alberto- la doctora giró hacia dónde el chico señalaba- Nómbrele a su mujer, pero por si acaso vaya pidiendo una inyección de calmantes antes. Cualquiera de nosotros somos el ejemplo perfecto de "el hombre es malo por naturaleza" como diría Hobbes. Una cerilla puesta cerca de la mecha y PUM, el petardo estalla. Parece mentira que usted no sepa que tomando un café en el Starbucks puede servirle el próximo Ted Bundy, o que aquella dependienta tan maja de H&M sea la nueva Charles Manson. Usted, como todos, también tiene una mecha. ¿Quién es Andrea, doctora?- sonrió mirándola.
- ¿Cómo conoces a Andrea?- preguntó asustada.
Un torbellino de imágenes aparecieron repentinamente y la marearon. Apretó dos dedos contra sus ojos, para intentar calmar un poco esa sensación de vértigo que le invadía y tras abrirlos de nuevo, todo había cambiado.
Un señor con bata blanca y barba estaba delante de ella.
- Clorpomazina para ésta, está teniendo un ataque...
Notó un pinchazo en el brazo y todo se hizo oscuro.
..
Horas después estaban en el comedor. Era el único momento en el que internos e internas podían estar juntos.
Un chico se sentó enfrente de ella, haciendo juegos de manos con un mazo de cartas.
- ¿Otra vez has sido doctora?
- Soy la doctora López. Eres Karlos, ¿verdad?
Él levantó la vista y sonrió casi imperceptiblemente con la parte izquierda de su labio mientras asentía, tirando otra carta encima de aquel montón.
- Estoy aquí para ayudarte, ¿te tratan bien, estás contento con tus compañeros?
- Sí, doctora, aquí todos hemos cojeado alguna vez. Sólo hay que fijarse en cuál es el pie problemático de cada uno.- seguía sin levantar la cabeza del mazo, mientras una tras otra las cartas seguían cayendo.- Pero eso usted lo sabe bien, ¿verdad?
Tragó saliva, intentando aparentar una tranquilidad que en ese momento se iba escapando a demasiada velocidad, mientras se colocaba el pelo detrás de la oreja y leía el informe de su nuevo paciente:
"Karlos Goday, 34 años, ingresado tras un brote psicótico. Había intentado quemar un edificio entero una mañana sin que, tras investigaciones sobre su pasado, mediase ninguna acción en su contra".
Lo miró. Era bajito, no llegaba al 1´65. Debilucho. Delgado. Pero algo la hizo desconfiar. Quizá sería esa mirada, o la forma de sonreír. Algo estaba claro que iba mal en el cerebro de aquel chico que tenía delante.
- Sólo llevas una semana aquí, y por orden judicial. ¿Crees que es dónde deberías estar?
- Claro que es dónde debo estar. Intenté quemar un edificio con toda la gente dentro- dijo en tono jovial, mientras recogía las cartas y las barajaba.- Me pregunto por qué le extraña tanto...- clavó sus ojos en ella.
- No tenías antecedentes penales anteriores, ni arrebatos de ira, ni medicación que pudiese provocar esos brotes. Los informes dicen que jamás ni con tu familia ni con tu grupo de amigos habías estallado de manera violenta. Me han asignado tu caso y llevo unos días estudiándolo a fondo. Quiero comprender por qué lo has hecho. Aquí nunca has dado un problema. Tomas tu medicación, haces la tareas que te encomiendan, incluso tienes una buena relación con otros pacientes de este ala. No alcanzo a entender qué fue lo que te pasó por la cabeza para hacerlo.
- Es simple, doctora López. ¿Ve a Santiago, el que está sentado viendo la tele? Triple asesinato. Su mujer y sus dos hijos. ¿Alberto, el que está ayudando al celador a recoger el armario que se rompió esta mañana? Mató a su jefe y hasta ese momento era el empleado modelo. Y su mujer y la niña fuera.
Todos somos personas normales hasta que tenemos la oportunidad, doctora...- empezó de nuevo a colocar las cartas en el tapete- Hasta usted. Sólo hay que encontrar su aguja de marear.
- No, Karlos. Yo estudié la carrera y estoy aquí intentando ayudaros a todos vosotros.
- ¿Está segura?- sus ojos se volvieron a clavar fijos en ella- Mire a Alberto- la doctora giró hacia dónde el chico señalaba- Nómbrele a su mujer, pero por si acaso vaya pidiendo una inyección de calmantes antes. Cualquiera de nosotros somos el ejemplo perfecto de "el hombre es malo por naturaleza" como diría Hobbes. Una cerilla puesta cerca de la mecha y PUM, el petardo estalla. Parece mentira que usted no sepa que tomando un café en el Starbucks puede servirle el próximo Ted Bundy, o que aquella dependienta tan maja de H&M sea la nueva Charles Manson. Usted, como todos, también tiene una mecha. ¿Quién es Andrea, doctora?- sonrió mirándola.
- ¿Cómo conoces a Andrea?- preguntó asustada.
Un torbellino de imágenes aparecieron repentinamente y la marearon. Apretó dos dedos contra sus ojos, para intentar calmar un poco esa sensación de vértigo que le invadía y tras abrirlos de nuevo, todo había cambiado.
Un señor con bata blanca y barba estaba delante de ella.
- Clorpomazina para ésta, está teniendo un ataque...
Notó un pinchazo en el brazo y todo se hizo oscuro.
..
Horas después estaban en el comedor. Era el único momento en el que internos e internas podían estar juntos.
Un chico se sentó enfrente de ella, haciendo juegos de manos con un mazo de cartas.
- ¿Otra vez has sido doctora?
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